VANESSA GÓMEZ

Es muy poco el tiempo que vivimos desnudos. Aún muertos y después de muertos nuestro cuerpo es envuelto, cubierto por telas que guardan los misterios de cada quien, como si tras ese manto algo esencial en nosotros quedase protegido de lo asuntos terrenales o viceversa.

Caminamos,
Comemos,
Dormimos sobre telas.

Soñamos,
Amamos,
Lloramos bajo telas.

Manchamos,
Rompemos,
Remendamos telas.



Las cortinas de lino de mi casa –por ejemplo– están hechas con las fibras de la planta de lino. La misma planta que antes de ser planta es semilla en el pan de linaza y que en forma de aceite diluye algunos pigmentos y vuelve a las telas, y vuelve al cuerpo o a las paredes de la casa –junto a la cortina– o a la boca en alguna receta.

Nos hemos acostumbrado a vivir entre objetos sin historia. Sabemos muy poco sobre el origen y la vida de muchas de las cosas que usamos, lo que nos ha llevado a vivir entre formas vacías de significado que fácilmente se convierten en basura –basura exhibida o basura que se acumula en algún rincón del mundo–.
Se nos ha dicho que las manchas, grietas, rotos y remiendos son signos de cosas en mal estado, viejas, que deben ser dejadas de lado en caso de no poder ocultar su desperfecto. Olvidamos que lo viejo tiene historia y que la historia llena de significado nuestros días.

Las cortinas de mi casa no son las de la casa donde vivo. Desde hace unos días vivo en otra casa –que ahora es mi casa– y que hace de mi casa –la otra– la casa de alguien más. Entonces las cortinas que allí quedaron serán manchadas, rotas y remendadas de otras formas que darán cuenta de las vida(s) de otra(s) persona(s).

arte y ciencia